Espacio exclusivo para…

1 noviembre, 2014

Saber más de los demás

Por J. Alejandra Marcial M.

De las frases, cada vez más comunes, que nos encontramos en el día a día, zonas y accesos exclusivos para las personas que dependen únicamente de sus diferencias genitales. Nacer con pene o vagina nos marca en cada sitio en el que nos atrevemos a poner un pie y las diferencias nos han llevado a ‘marcar’ quiénes pueden o no cruzar por una determinada puerta.

Con bombo y platillo cada año son anunciados ‘espacios reservados para mujeres’ y ‘zonas especiales’; el separarnos por género es una práctica cada vez más común alimentada por la creciente violencia determinada por el género, pero es una práctica que no aporta una solución sino que fomenta la propia violencia, ¿cuántas veces no hemos visto a mujeres increpar a hombres porque van en SUS vagones (del metro) o en su cachito de Metrobus? u ¿hombres que regañan a las mujeres por viajar en un espacio que NO les corresponde? Pero, es porque así se nos ha enseñado.

Desde que el infante es capaz de existir se comienza a marcar la pauta que deberá marcar su comportamiento; si es niño se espera de él que sea rudo, agresivo, posesivo, autoritario, insensible, se le separa de los juegos infantiles que tengan que ver con cosas de niñas. Por otro lado, a las niñas se les enseña a ser frágiles, atentas, cariñosas, cuidadosas con su apariencia, hacendosas y hasta serviles; la rebeldía se medirá de manera diferente dependiendo del sexo, al hombre que se rebela se le reconocerá como un crecimiento a menos que esta rebeldía sea para alejarse de ‘lo que de él se espera’; en cambio, cualquier rebeldía femenina es vista como un riesgo para ella y para los demás.

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Y esta norma de comportamiento podrá no ser una imposición familiar pero sí social. Permea y se perpetúa en el lenguaje, queda en nuestro inconsciente y, sin darnos cuenta, un día soltamos un ‘mendiga vieja’ o un ‘marica’. Es aquí cuando la violencia de género, esa violencia que año con año nos proponemos mundialmente abatir, se manifiesta de forma casual, se celebra y pasa desapercibida.

Estas expresiones están normalizadas porque nos hemos formado con ellas, se nos han enseñado como valores que se alimentan de nuestros propios prejuicios y que al final nos llevarán a reaccionar de manera específica ante los ataques por cuestión de género, se sentirá compasión por la mujer golpeada mientras que al hombre en la misma situación se le disminuirá, se le ocultará. Así nos encontramos ante la cultura de la violación

La cultura de la violación (rape culture) es un concepto que, en general, se asocia a la cultura de la violencia, dejando de lado las situaciones de violencia de género que aquí presentan particular importancia; conceptualmente se entiende como aquella violencia que vincula a la violación, la violencia sexual y de género con las actitudes y prácticas normalizadas, reglamentadas e incluso disculpadas de una sociedad, es decir, la respuesta social ante dichas agresiones.

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Cuando una violación/agresión/acoso ocurre se señala a la víctima (comúnmente mujeres), se cuestiona su vida sexual, forma de vestir, de caminar, de comportarse, de vivir, trabajo, condición social, incluso, su peso. La víctima es ridiculizada, humillada y ‘tiene’ que pasar la vergüenza de que se le exhiba, se vuelven comunes los comentarios ‘así te habrás vestido’ o ‘eso te pasa por andar sola’.

Y la respuesta a la violencia de género suele contenerla, se sugiere (generalmente a las mujeres) salir con compañía, no confiar en gente del sexo opuesto, no usar ropa provocadora, es decir, se responsabiliza a quien la padece de incitarla.

Cuando pedimos que las mujeres puedan acceder a una vida libre de violencia es porque como parte de la especie humana, son las mujeres quienes más la padecen. Así, erradicar la violencia hacia UNA se reflejará no sólo en su bienestar, sino en el bienestar social; será la comunidad la principal beneficiada pues las enseñanzas diarias se habrán modificado hacia el respeto y la comunicación en lugar de la humillación y la agresión.

Cambiar nuestra línea de pensamiento comienza con cuestiones básicas como respetarnos en un espacio que somos capaces de compartir, porque, querido lector y lectora, tú y yo formamos parte de esta cultura, por tanto, tú y yo somos los responsables de cambiarla, la cuestión es ¿queremos cambiarla?

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